viernes, 30 de marzo de 2012

EL DIA QUE VÍ EL DUENDE MÁS GRANDE DEL MUNDO

Hace ya bastante tiempo, descendía de la montaña en  compañía de una perrita, cuyo nombre emanaba buena vibra, BIENVENIDA, así se llamaba el animal en cuestión, producto de un parto cuyo número de hermanos la memoria no trae a mano, pero si el destino de todos ellos: murieron a los primeras semanas de vida, ella era la mas esmirriada de toda la manada, por mucho tiempo creí que ese obsequio obedecía algún sentido de conmiseración de sus dueños, pero bueno , resultó la única sobreviviente de esa generación, les decía que bajaba de la montaña, ya entrada la tarde, y en la selva, ésta llega más temprano que en el pueblo, la perrita y yo diligentemente, arriábamos dos vacas que lo único que generaban era trabajo a quien le escribe y satisfacciones a mi tía materna, mas por tenerlas que por otra cosa, era religioso todo los días al despuntar el alba, hiciera presencia el sol o la lluvia había que subir a la montaña para alimentar las dos bovinas, cuya reproducción al parecer estaba vedada.

El camino pedregoso y con una pendiente que apuntaba a las estrellas, era la ruta recorrida todos los días, ya dije, lloviera o relampagueara, en la mañana y por la tarde, una rutina desapercibida por el tedio y la costumbre, allá arriba, a la orilla de ese camino abría sus fauces un cráter de proporciones lunáticas, era un HAITÓN, lugar donde moraban los duendes, espacio éstos vedados a los niños, los viejos nos decían que de asomarnos a un hueco de esos, corríamos el riesgo que uno de esos hombrecitos, enanitos y sombreoruos nos encantara y de esa manera nos conduciría en su compañía hasta el fondo del HAITÓN, obviamente los muchachos de aquella época, eran incapaces de poner a prueba la palabra de los sabios, porque por algo habían llegado a viejos.
Ningún niño por más arrojo que lo acompañara, a los haitones  se le acercaba, eso era una regla absoluta, pero esa tarde el ladrido desesperado de BIENVENIDA, y su resistencia al llamado, igualmente desesperado que le hacía desde el camino, por supuesto, a una distancia prudencial de aquel sitio sagrado, obligaron acercarme, la perra casi aborde de un colapso, ladraba como si al mismo diablo oteara, sigo acercándome, cuando en un acto de levitación corporal , observo emerger desde las profundidades de la tierra una figura semejante a un humano, piel blanca, barba poblada  de color bronce, creo que ese era el color, con unos dedos gigantes, pero sobre todo se parecía a un ser humano, su rostro, vi cubrirse con una sonrisa más bien de lastima, con unos dientes también gigantes y de un color perlado, ya  sin aliento, y supongo que sin color , tomo la bendita perra con  mis manos que en ese momento serian presa de un vaivén, envidiado por un cuatro a ejecutar. Corro camino abajo a velocidades alcanzadas solamente a esa edad, recuerdo que mis pensamientos solo atinaban a repetir ¡hay el duende más grande del mundo¡, eso lo repetía de manera obsesivo en ese descender por encima de piedras, arboles y vaya usted a saber que obstáculos que en tiempos de paz lo eran, pero no en ese momento.
Ya sin fuerzas, llego a casa, encuentro a la tía zurciendo un camisón, ella, sin levantar la mirada, yo, entonces trato de expulsar una palabra y prácticamente estaba tramao, como dicen en el llano, como pude encontré el sonido casi gutural, y le expreso a la tía lo sucedido, pero ella impertérrita, inmutable, impávida, levanta la cabeza, y con la mano derecha, en la cual tenía la aguja con hilo blanco extraído de una mata de algodón ubicada en el solar, de manera serena dice, quédese quieto, son unos jurungos que andan en ese carro, el vehículo era una Land Rover, color verde supongo que de los cincuenta. 

Años después supe que eran espeleólogos gringos, capaces de sumergirse en las desembocaduras de los ríos, cuevas, haitones, etc., a ellos debemos en parte el conocimiento de un lago subterráneo más grande de Latinoamérica existente en la sierra de San Luis, pero más allá eran agentes de la CIA, que sumados al examen por arriba que hacían con los satélites, nos exploraban por debajo de la tierra para poner su grano de arena en la lucha contra la insurgencia de la época.
 Juan A Talavera A

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